La reciente corrección del oro debe interpretarse como la confluencia de factores monetarios, financieros y de posicionamiento, más que como un deterioro de sus fundamentos estructurales.
El encarecimiento de la energía ha reavivado las presiones inflacionistas y, con ellas, las expectativas de unos tipos de interés elevados durante más tiempo. Esto incrementa el coste de oportunidad de mantener oro, un activo que no genera intereses, y favorece las recogidas de beneficios después de un periodo de fuerte revalorización.
Estamos observando un mecanismo que recuerda al vivido durante la guerra de Ucrania. El shock energético alimentó la inflación, obligó a los bancos centrales a endurecer sus políticas monetarias y provocó importantes reajustes en las valoraciones de los activos financieros.
Sin embargo, debemos diferenciar el efecto inmediato de una crisis de sus consecuencias a medio plazo. Si las tensiones energéticas se normalizan, la inflación retoma una trayectoria descendente y los bancos centrales recuperan margen para reducir los tipos de interés, el oro podría encontrar nuevamente un entorno especialmente favorable.
Además, los factores estructurales que respaldan su atractivo —endeudamiento soberano, déficits fiscales, incertidumbre geopolítica y diversificación de reservas internacionales— siguen presentes.
«El mercado está castigando al oro por las consecuencias monetarias de una crisis, pero esa misma crisis refuerza las razones estructurales para mantenerlo».
¿La venta masiva es puramente técnica o el oro está perdiendo su atractivo defensivo?
No consideramos que una corrección puntual permita concluir que el oro ha perdido su condición de activo refugio. Existe una confusión habitual entre un activo defensivo y otro que necesariamente debe revalorizarse en cualquier episodio de volatilidad.
En situaciones de tensión financiera, los inversores no siempre venden aquello que quieren vender, sino aquello que pueden vender. El oro, precisamente por su elevada liquidez internacional, puede convertirse en una fuente inmediata de efectivo para atender llamadas de margen, reducir apalancamiento o compensar pérdidas en otros activos.
Por tanto, una liquidación técnica puede provocar caídas incluso cuando aumenta la percepción de riesgo sistémico.
No obstante, también existe un componente monetario. Las expectativas de tipos reales elevados y la fortaleza del dólar pueden presionar temporalmente su cotización. Pero si el repunte inflacionista responde principalmente a un shock de oferta energético y termina remitiendo, ese obstáculo podría desaparecer cuando las autoridades monetarias comiencen a relajar sus políticas.
Desde FORTUNA seguimos diferenciando entre la exposición financiera al precio del oro y la propiedad directa de oro físico de inversión, que valoramos especialmente dentro de una estrategia patrimonial a largo plazo.
«En una crisis de liquidez se vende lo que tiene comprador, no necesariamente lo que ha dejado de tener valor».
Con deuda pública creciente e incertidumbre fiscal, ¿sigue siendo el oro un seguro necesario o el coste de oportunidad obliga a rotar?
Seguimos considerando que el oro físico desempeña un papel estratégico en la diversificación y protección patrimonial, especialmente en un contexto de endeudamiento público elevado, déficits persistentes e incertidumbre sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas.
Durante décadas, la deuda soberana se ha considerado uno de los pilares tradicionales de las carteras conservadoras. Sin embargo, 2022 demostró que incluso los bonos de elevada calidad crediticia pueden experimentar pérdidas significativas cuando los tipos de interés aumentan bruscamente.
El oro presenta una diferencia fundamental: no constituye el pasivo financiero de ningún Estado ni empresa. Su valor no depende de la promesa de pago de un emisor, algo especialmente relevante cuando los niveles de deuda pública y sus costes de financiación siguen aumentando.
Es cierto que, mientras los tipos reales permanezcan elevados, el oro soporta un mayor coste de oportunidad. Pero conviene analizar el ciclo completo, no únicamente su fase de endurecimiento monetario.
El paralelismo con la guerra de Ucrania resulta ilustrativo: primero aparece el shock energético, después las presiones inflacionistas y finalmente la respuesta restrictiva de los bancos centrales. Cuando esas perturbaciones se moderan, la inflación retrocede y los tipos comienzan a bajar, el oro suele encontrar condiciones monetarias más favorables para su revalorización.
Por supuesto, la recuperación no es automática ni está garantizada. Pero nuestra tesis es que el actual episodio de volatilidad no elimina el atractivo estratégico del metal; al contrario, puede generar oportunidades para quienes invierten con una visión de medio y largo plazo.
«El oro no paga intereses, pero tampoco necesita que un Estado o una empresa cumplan su promesa de pago para seguir existiendo».
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