La lucha contra la inflación no puede recaer únicamente sobre los bancos centrales y las subidas de tipos.

Mientras la política monetaria pisa el freno, el déficit y el gasto público pueden seguir acelerando por el otro lado. El resultado es una financiación más cara para familias, autónomos y empresas mientras la deuda continúa creciendo.

Quizá, antes de seguir subiendo los tipos, deberíamos mirar también hacia los presupuestos públicos.

El martillo de los bancos centrales

Hay algo que empieza a chirriar en la lucha contra la inflación.

Los bancos centrales tienen un martillo. Un martillo enorme: los tipos de interés. Cuando la inflación se complica, todo empieza a parecerse sospechosamente a un clavo.

¿Inflación? Subimos tipos.

¿Exceso de demanda? Subimos tipos.

¿Petróleo disparado por una guerra? Subimos tipos.

¿Tensiones geopolíticas? Tipos.

¿Política fiscal expansiva? Más tipos.

Quizá estemos intentando matar moscas a cañonazos.

El 10 de septiembre de 2026, el Banco Central Europeo volvió a subir sus tres tipos de interés oficiales en 25 puntos básicos. Las nuevas proyecciones del BCE situaron la inflación media de la eurozona en el 3 % para 2026, claramente por encima de su objetivo del 2 %.

Hasta aquí, el manual de primero de política monetaria.

El problema aparece cuando miramos al otro lado del campo.

Mientras el banco central pisa el freno, algunos gobiernos continúan pisando el acelerador.

Un Estado que pesa casi la mitad de la economía

No hablamos precisamente de calderilla.

En 2025, el gasto público representó el 49,8 % del PIB de la eurozona y el 49,5 % del PIB de la Unión Europea. Los ingresos públicos fueron inferiores: un 46,9 % y un 46,4 %, respectivamente.

Prácticamente uno de cada dos euros de actividad económica tiene como contrapartida gasto de las administraciones públicas.

Por supuesto, gasto público no significa automáticamente despilfarro. Las pensiones, la sanidad, la educación, las infraestructuras y la seguridad son pilares fundamentales de cualquier economía desarrollada.

La cuestión es cuánto se gasta, cómo, para qué y, sobre todo, si podemos pagarlo.

Cuando los ingresos no alcanzan, aparece nuestro viejo conocido: el déficit.

Cuando el déficit se vuelve estructural y se repite año tras año, aparece su hermano mayor: la deuda.

Europa parece haber olvidado parte de la disciplina sobre la que construyó su unión monetaria. Conviene hacer una precisión histórica: Maastricht nunca exigió un déficit cero. Los criterios fiscales fijaron como referencias un déficit público máximo del 3 % del PIB y una deuda equivalente al 60 % del PIB.

La deuda pública europea supera los límites de Maastricht

¿Dónde estamos ahora?

Al cierre de 2025, doce países de la Unión Europea superaban el 60 % de deuda pública sobre el PIB.

España se encontraba en el 100,7 %, Francia en el 115,6 % e Italia en el 137,1 %.

Carro grande, ande o no ande.

¿Quién paga la medicina contra la inflación?

Supongamos que un Gobierno mantiene una política fiscal expansiva que sostiene la demanda mientras la inflación continúa siendo elevada.

Por otro lado, aparece el banco central y dice:

Hay demasiado dinero persiguiendo bienes y servicios. Tenemos que enfriar la economía.

Entonces sube los tipos.

Pero subir los tipos no enfría una entelequia llamada «economía». Enfría a personas y empresas.

Es el autónomo que quiere financiar una máquina.

La pyme que quiere ampliar sus instalaciones.

El empresario que pretende abrir otro establecimiento.

La familia que revisa su hipoteca.

El promotor que necesita financiación para construir viviendas.

El inversor que debe exigir una rentabilidad mayor a cualquier proyecto porque el coste del capital ha aumentado.

La política monetaria funciona precisamente así: encarece el dinero para reducir el consumo, la inversión y la demanda. Los cambios en los tipos oficiales afectan a los tipos del mercado y, de forma indirecta, a los préstamos y depósitos que los bancos ofrecen a sus clientes.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Estamos colocando todo el peso de la lucha contra la inflación en el lugar adecuado?

Un pie en el freno y otro en el acelerador

El debate no consiste en elegir entre política monetaria y política fiscal.

Consiste en evitar que ambas jueguen un partido de once contra once, pero defendiendo la misma portería.

El Fondo Monetario Internacional lleva tiempo señalando que una política fiscal más prudente puede ayudar a contener la inflación y reducir la presión sobre los bancos centrales.

Un estudio del FMI sobre la eurozona estimó que una consolidación fiscal coordinada podría rebajar entre 30 y 50 puntos básicos la senda necesaria de los tipos de interés, además de reducir la inflación y mejorar la sostenibilidad de la deuda.

En 2026, el propio Fondo volvió a reclamar un ajuste fiscal estructural en la eurozona, especialmente en los países con niveles elevados de deuda.

Ahí está el elefante en la habitación.

Subir los tipos tiene consecuencias inmediatas y visibles para quienes necesitan financiación. Reducir el déficit estructural, revisar el gasto improductivo o renunciar a determinadas promesas políticas resulta bastante menos agradable.

Una hipoteca más cara no resta votos al banco central.

Recortar una partida presupuestaria sí puede hacerlo al Gobierno de turno.

Ahí empiezan los incentivos perversos.

La deuda no desaparece por arte de magia

Existe, además, una paradoja deliciosa, si no fuera porque la factura terminamos pagándola entre todos.

Cuando el banco central sube los tipos para combatir la inflación, también aumenta progresivamente el coste de financiación de los Estados conforme refinancian su deuda.

Cuanta más deuda acumulada exista, mayor puede terminar siendo la factura financiera.

Utilizamos tipos más altos para enfriar la economía mientras esos mismos tipos encarecen la enorme montaña de deuda pública acumulada durante años.

El FMI advierte de que retrasar el ajuste en economías con una deuda elevada tiene costes propios: menos inversión, un servicio de la deuda más caro y una mayor presión sobre los hogares con menos margen financiero.

¿No sería razonable pedir también disciplina al otro lado de la mesa?

Rigor presupuestario sin recortes indiscriminados

No hablo de convertir el presupuesto público en una economía doméstica. Un Estado no funciona como una familia.

Tampoco defiendo recortes indiscriminados.

Hablo de algo bastante menos ideológico y bastante más aburrido: rigor presupuestario.

Priorizar.

Evaluar.

Eliminar gasto improductivo.

Invertir donde exista un retorno económico o social.

Entender que endeudarse hoy significa comprometer ingresos futuros.

La lucha contra la inflación necesita coordinación. Si la política monetaria intenta reducir la demanda mientras la política fiscal continúa impulsándola, el ajuste termina recayendo con más fuerza sobre familias y empresas.

Un saludo desde Sherwood. 🏹

José Manuel Marín Cebrián
El Robin Hood de las Finanzas
CEO de FORTUNA Servicios Financieros Premium

Las finanzas no son solo para ricos.

Este artículo expresa la opinión de su autor y tiene carácter informativo. No constituye asesoramiento financiero, fiscal o de inversión personalizado.